miércoles, 22 de diciembre de 2010

Una invitación lleva a la locura

- Fumas mucho.- Me acababa de encender el último cigarrillo del paquete y debido a la intensa niebla que inundaba nuestro rincón tuve que darla la razón. Pero estaba nervioso y sólo asentí levemente con la cabeza.
Me inundaban pensamientos de angustia y dejé de prestar atención a sus palabras. << Debo dar un giro a mi vida>> pensaba.
Y era cierto, no recordaba cuando entré en ese círculo vicioso. Bebía para ocultarme, porque tenía miedo de mostrarme tal como era. Esas curvas me dejaron hundido del mismo modo que te abandona una persona cuando fallece. Sabes lo que te ocurre y el remedio, pero no puedes hacer nada ya que es algo que nace en tu interior y escapa a tu lucidez.
Durante el día era complicado concentrarse, durante la noche lo complicado era no dejar de pensar en un único punto en todo el espacio. Tu espíritu desea salir corriendo y perder su identidad para que parezca que ese dolor no sea tuyo. Entonces deseos e impulsos épicos llenan tu mente para que de alguna manera tu pasado desaparezca. Así consigues mantenerte alegre (o al menos parecerlo) a los ojos de tus amigos. Sin embargo, vuelves a recaer en tus miserias una y otra vez. No estás de acuerdo con el destino que te ha tocado pero aún así te conformas con él y sigues adelante sin saber porqué.
- ¡Eh! Ya que te invito a una cerveza lo mínimo es bebértela.- No me había dado cuenta de que llevaba la botella encima de la mesa cerca de 10 minutos y yo sin haberla tocado. Le di un par de tragos largos y la volví a dejar encima de la mesa mientras la miraba de soslayo.
- Disculpa por mi falta de atención. Llevo días navegando sin rumbo. Déjame que te compense sacándote a bailar. ¿Qué te parece?-
- ¿Bailar? ¡Por fin me prestas atención!- La cogí con ambas manos y nos colocamos lo suficientemente cerca como para disfrutar su aroma. Ese perfume tan único y selecto que una buena mujer desprende. Sonaba “Up where we belong” y no creo que exista una mejor banda sonora para ese momento.
Desgraciadamente, esa mujer ya no me pertenecía. El tabaco conseguía disimular mi nerviosismo ante ella y la bebida me hacía centrarme en mi propia paranoia personal. Hacía tiempo que ambos tomamos rumbos distintos, y tuve que recurrir absolutamente a todo mi autocontrol para no salir corriendo cuando me crucé con ella al salir de comisaría.
Yo no quería aceptar su invitación a tomar algo, pero no pude ignorar a mi ego arrastrándose por conocer una vez más el alcance de su sonrisa. Mi estómago saltaba a la comba mientras mi cabeza luchaba por no preguntarle:<< ¿Por qué…? ¿Por qué te fuiste de mi vida y por qué le dabas tanto sentido?>>
Finalmente dejé de sucumbir a mi razón y decidí guiarme por mi instinto. Acepté.
Al principio no entendía porque lo hacía, total, llevábamos años sin vernos siquiera de pasada. ¿Qué podría pasar? Ella bailaba, yo también. Nos despediríamos y ella seguiría con sus clases infantiles y yo con mi cruzada de autodestrucción. Todo como debía de ser.
- Te he echado de menos.-
Esas palabras, a pesar del bajo tono de voz con que salieron de su boca, rebotaron repetidas veces por las esquinas de mi consciencia y nació un impulso. Nadie sabe lo que hubiese pasado si llego a ignorarlo. Tan sólo ella y yo sabemos lo que sucedió. En ese momento comprendí porque acepté.
¿Tú que hubieras hecho?

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