Los ojos cansados y el
corazón ardiendo, Madrid estalla en mil canciones tristes. Mientras tanto me
encuentro rezándole a un santo infiel en la iglesia donde emana la dorada a
borbotones. Allí paso las horas, mirando el fondo del vaso mientras navego
hacia la adolescencia reconstruida. Solo recuerdo el sexo. Recuerdo humedades
rozándose sin razón. Siluetas mezclándose entre tenues destellos blancos.
Sonrío. Pago al pastor y me deslizo por la puerta a la lluviosa ciudad sin ley.
No llevo paraguas. Las gotas acechan la acera por la que camino en dirección a
ninguna parte. Miro el móvil. Son las doce en punto y aún no he tocado techo. Tarareo
“You can’t always get what you want”. Pateo un balón sin querer, parece que vuelvo a los
seis años. Camino jugando con el balón bajo el cielo gris. Alguien me habla:
«¡Pásame el balón!». Hago caso omiso. «¡He panchito pásame el balón!». Me paro
en seco. Le paso el balón. Observo sus ojos. Está temblando por dentro, es
débil. Sigo mi camino y rescato una chusta de la cajita del tabaco. Enciendo la
hierba y me dirijo hacia mi hogar. Mi familia duerme tranquila pensando que
mañana me levantaré a trabajar otra vez. Solo las batallas justas tienen
mérito. El día a día no tiene escapatoria mientras Madrid estalla en mil
canciones tristes y yo, mientras, con los ojos cansados y el corazón ardiendo.
...Solo para locos...
jueves, 17 de septiembre de 2015
lunes, 14 de septiembre de 2015
La espada y la pared
Al
final, solo estás tú entre la espada y la pared. Siria arde y perdemos el
respeto de nuestros mayores. Con el pecho descubierto y ennegrecido caminamos
con la cabeza cabizbaja en busca de algo que nos haga dormir bien. Todo era más
fácil contigo. Y con ella. Pero Siria arde y la vida se abre camino. Triunfadores
beben en sus parcelas pobres de logros y arremeten contra los débiles porque
pueden y deben. Los débiles se hacen fuertes a base de golpes. Los débiles se
hacen débiles a base de golpes. “Deja que fluya. Tú y yo contra el mundo”. Decías
mientras me mirabas con ojos brillantes de ron. Yo jamás admití un “no” por
respuesta. Por eso me querías, por eso dejaste de quererme.
Ahora, solo estoy
yo entre la espalda y la pared mientras Siria arde y le perdemos el respeto a nuestros mayores.
domingo, 1 de marzo de 2015
Nuestra señora de la Palabra
Bebía
por no liarme a ostias. O por no dármelas yo mismo. Con cerveza todo es mejor.
La mierda huele menos y mearse es más fácil. Cómo no iba a ser así. Os veo
desde fuera y lo detesto. Ni de aquí ni de allí. Un inmigrante, un emigrante,
un forastero, un negro de mierda, un chino asqueroso, un moro apestoso; no, un
sudaca que usa tu idioma mejor que tú. Desearía ser de algún lado. Da igual,
condenado a ser la mitad de algo. No cómo tu Lennon y tu puta fruta completa.
El tiempo fue tu juez y lo será de todos. Quiero ser famoso para que un fan me
dispare. Qué poético. ¿Y quién no quiere ser poesía, saberse poesía, sentirse
poesía? Nunca tenemos lo que queremos. Nunca. Todo queda solapado por
necesidades nuevas. Es nuestra alma insaciable llena de voracidad. Y lo peor,
que todos queremos que todos sean como nosotros. Nacimos imitando y morimos
queriendo que nos imiten. Nena, ni tu ni yo buscamos lo mismo. Cómo verás no
podía pensar más que en meterme en alguna calurosa vagina, por la antigua
necesidad de sentirse hombre, aunque nunca he conocido a ninguno. Apuraba el
vino, mi vino, delante de mi portátil; y escribía, porque era la única forma
que tenía de gritarme en silencio, de olvidar recordando, de ser sobrio y ebrio
a la vez. Al ver el fondo del vaso, acudió a mi mente turbada un recuerdo del
pasado en el que caminaba a una iglesia. La iglesia Madrileña donde comulgué
por primera vez.
Mi
querido abuelo, como siempre, me llevaba hasta la larga puerta roja y metálica
del recinto. La casa de Dios ocupaba por lo menos una manzana. Tras atravesar
la verja principal se abría ante mí un microcosmos donde reinaba un tal Jesús.
Lo primero en aparecer era una pequeña zona donde aparcaban sus coches los
curas y demás personal de servicio. Recuerdo que había dos caminos para llegar
al interior de la capilla. Por la derecha, el más directo, iba pegado a los
setos que limitaban el área y desembocaba en una gran puerta de madera de
roble. Por el lado izquierdo se desplegaba un pequeño parque por donde paseaban
algunas monjas vestidas de blanco puro que empujaban a los viejos en sillas de
ruedas. Además de iglesia, el recinto era una sala de espera, un matadero. ¿Qué
hacer con los ancianos si no dejarlos morir? Su tiempo ya paso, mejor dejarles
una vejez digna. Digna desde el punto de vista de un niño. Con juegos, con
pañales, con condescendencia.
Mi
querido abuelo, el último de esos hombres que vieron con sus pupilas la
profundidad de la crueldad humana, con su piel oscura, el recio bigote plateado,
la coronilla franciscana y su piel cediendo a la gravedad, aparecía ante mí
como un hombre recto y respetable a pesar de su estatura y su complexión
rechoncha. Siempre elegante e inteligente, soportaba la vida con más temple que
cualquier escritorucho marica y llorón que no soporta los achuches de la
soledad ni su música. En sus manos me sentía seguro, protegido, odiaba que me
dejase en aquel lugar frío y vacío donde colgaban a personas muertas de las
paredes.
«Entra,
tengo que hacer.» Y mi brazo cayó. Vi a mi abuelo doblar la esquina. Entonces,
allí me encontraba, solo, a los diez años desde que empecé a contar, llamando a
las puertas del cielo, pero nadie abría. Esperé, pero solo me entraron ganas de
cagar, así que empuje la puerta y entré.
Dios
y yo, yo y Dios. La puerta hizo un pequeño eco que llegó hasta el despacho del
padre Francisco. Él se asomó vestido de paisano, con pantalones de pana
azabache, un jersey marrón y una chaqueta de color granate. El hombre me miraba
a través de unas gafas cuadradas y de sus ojos azules. El rostro fino pero gastado
dibujaba una larga sonrisa debajo del hondo bigote castaño.
―
Dani, aún es pronto, faltan como veinte minutos, ¿por qué no esperas por aquí
mientras voy a ocuparme de un asunto?― Me dijo mientras rebuscaba en sus
bolsillos.
―
Claro.― Dije. Él volvió a sonreír y sacó de la chaqueta un mechero.
―
No tardará en llegar la profesora, yo vuelvo en seguida.― Y salió por la puerta
por donde yo había entrado.
No
me moví durante unos instantes. Había avanzando por medio de la amplia sala
cubierta de ladrillo visto y la multitud de sus bancos de color carmelita dispuestos
en paralelo. Me situé donde se supone que empieza el desfile una novia toda
pura y de blanco dispuesta a abrazar una única polla en su vida, en lo próspero
y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte los
separe―Mamén―. A mis espaldas estaba la gran puerta principal solo abierta en
ocasiones especiales como un bautizo o un funeral. Me fascina la religión
cristiana. Todo porque se le resbaló un bastardo a María por el útero. Le metería
un dedo, o dos o tres en esa vagina sacramental rebosante de vello púbico. Veía
casi cara a cara el cuerpo frío e inerte colgado de la cruz. Me acerqué más
para verlo de cerca. Ahora podía, era mi ocasión, nadie miraba, solo él, todos
rendían culto a semejante figura: sangrienta, tiesa, triste. Si yo me sacrificase
por la humanidad me iría gritando y cagándome en la puta madre de fulano de
tal; los cerdos, seguramente, me colgarían de las paredes con una amplia sonrisa pero mis dedos corazón,
rígidos como mi badajo, serían símbolos de la Iglesia de Nuestra Señora de me
Importa una Mierda lo que Hagáis con Vuestras Vida. El preeminente poder de los
símbolos, decidí que los símbolos eran poderosos, decidí que quería usarlos
también.
En
ese momento me encontraba subiendo al inaccesible altar como hipnotizado, lugar
sagrado e inmaculado donde hallábamos la magia divina. Miré de cerca la gran
mesa de mármol vestida de telas blancas y velas junto al leccionario y al misal.
Detrás se alzaba el Señor tan divino y definido. Justo debajo, apareció una
gran caja dorada llena de ornamentos, el ostensorio. Miré al altar, vi una
llave al lado de un pañuelo estrictamente doblado. La cogí y sin saber porqué,
la metí en la cerradura para abrir la gran caja dorada. Encontré unas cuantas ostias en su
debido copón junto al cáliz y las vinajeras. Dentro había sangre, yo había oído que era
sangre. La sangre de alguien que dio la vida por nosotros, alguien que nos
salvó de nosotros mismos. No entendí cómo, ya que ni siquiera era esa deliciosa sangre menstrual que brota a borbotones del interior de una buena mujer.
Miré
atrás, por si acaso, había visto al cura hacerlo muchas veces delante de mí.
Pero no había tiempo para rituales. Le quite el tapón y la olí. La maldita
apestaba, aparté mi nariz con rapidez. Volví a mirar la botella. La sangre de
un héroe me esperaba entre cristales. No lo pensé, solamente la posé sobre mis
labios y el líquido huyó despavorido de sus confines vidriosos hacía mi
garganta.
Me
atraganté, tosí y escupí. Era asqueroso. Sangre de mierda. Fue cuando escuché a
alguien reír. Saqué rápidamente un pañuelo del bolsillo y sequé el suelo todo lo que pude.
―
¡Eh! ¿Qué haces ahí? ― Gritó alguien.
―Me
he tropezado.― Dije. Me incorporé y vi mi amigo John. Sólo estaba él. Me sacaba
unos centímetros y era más delgado que yo. ― Hola John, me he tropezado.
―
¡Qué tonto eres! Yo nunca me tropiezo. Hm…huele un poco raro ¿no?
―Sí,
yo también lo huelo. ¿Qué puede ser?
―
No lo sé, tampoco me importa. ― Dijo sentándose en primera fila.
John
me guiño un ojo y me señalo un sitio al lado suyo.
―
¿Has follado ya Dani?― Me preguntó al sentarme a su lado.
―
¿Yo? No, aún no. ¿Y tú?― Contesté.
No,
no había follado, ni siquiera estaba del todo seguro que significaban aquellas
palabras. Él había llegado de Perú después de un año y pico allí. Tenía el pelo
a lo tazón, nariz pequeña, barbilla pronunciada. Vestía de marrón caqui, con
una chaqueta gruesa y a rallas que le cubría un polo azulado. Su pantalón
vaquero terminaba en unas zapatillas blancas.
―
Yo sí. En Perú. Si no follas no eres un hombre, ¿lo sabías?― Me miraba con sus
negros ojos provocativos. Me reflejaba en ellos. Me veía midiendo un metro
cincuenta, con una chompa hecha por mi madre y los ojos achinados. El jersey
era negro y de lana. Mi pelo también negro era largo y formaba una pequeña melena.
Mis vaqueros tenían un parche en cada rodilla y mis zapatillas azules de futbol
sala necesitaban pegamento. ― Tienes que follar Dani. Yo te puedo ayudar si
quieres. Mi primo dice que si no follas no eres nadie. Y es verdad, una vez
follas, ya nada es igual.― Dijo John. En ese momento entraron en la iglesia la profesora
Pilar y el resto de alumnos de la catequesis.
Nos
mandó sentarnos en el banco de siempre, es decir, en los dos primeros bancos de
la fila de la derecha. Eso hicimos, pero dentro de mí había algo que no podía
controlar. El vino de Dios me hacía retortijones en mi estómago. Decidí
ignorarlo. Intenté centrarme en la lectura del nuevo testamento:
« Jesús
les dio un nuevo mandamiento:
-Amaos
los unos a los otros como yo os he amado.»
Pero
yo no podía dejar de pensar en hacerme un hombre, en follar con una mujer. En
realidad, me atraía más la idea de ser un hombre que en intimar con una mujer o
lo que sea que significase. Siempre te llaman hombre o hombrecito, o te dicen
aquello de “cuando crezcas…”. Me moría por crecer, pero únicamente para dictar
yo las normas. Mis normas. Ellos siempre dictan normas. Normas del no hacer. No
hagas esto, no hagas lo otro. Sólo quería desaparecer entre los recovecos. No
ver, no escuchar, no oír ni sentir ni oler. Yo y mi yo. Ser poya e intentar follar.
Mientras
la catequista nos explicaba la nueva lectura, mi estómago rugió a la vez que
manché los calzoncillos de algodón que llevaba puestos. No pude evitarlo, yo
apretaba con todas mis fuerzas pero era imposible de retener. Poco a poco fue
fluyendo la mierda al exterior. Según salía quedaba aplastada por el pantalón,
la piel y el banco color carmelita. Intente disimularlo por un tiempo, pero al
final no quedaba más que rozadura y olor seco que la profesora recibió en sus
napias de rigurosa moral católica.
―
Aquí huele un poco raro, ¿ha sido alguno de vosotros? ¡Qué sepáis que tirarse
gases en la iglesia es pecado mortal!
Esboce
una sonrisa. Me había cagado. Notaba la caca reseca entre mis nalgas.
A
la mierda mi mundo de bienaventuranzas, de buenas acciones, de recta ética. A
la mierda. Billete de ida hacia el infierno.
Todos
nos reímos. La palabra gas era
terriblemente divertida. Si usted supiera Doña Pilar que en su querida iglesia
Nuestra Señora de la Palabra surgió súbitamente, un dulce excremento color chocolate. Un chico se río y le eché la culpa de la cagada. Me cambiaron de sitio por él y ahora el olor procedía de donde estaba sentado. La trama estaba hecha. Muy pronto me convertí en un
renglón torcido de Dios. Aún era pronto para que la idea del escritor cogiese forma en
mí cabeza. Pero ese día comprendí tres cosas: una, el vino, a pesar de todo, vale la
pena; dos, los símbolos son guía y camino; tres, cagarse es bueno.
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