domingo, 1 de marzo de 2015

Nuestra señora de la Palabra

Bebía por no liarme a ostias. O por no dármelas yo mismo. Con cerveza todo es mejor. La mierda huele menos y mearse es más fácil. Cómo no iba a ser así. Os veo desde fuera y lo detesto. Ni de aquí ni de allí. Un inmigrante, un emigrante, un forastero, un negro de mierda, un chino asqueroso, un moro apestoso; no, un sudaca que usa tu idioma mejor que tú. Desearía ser de algún lado. Da igual, condenado a ser la mitad de algo. No cómo tu Lennon y tu puta fruta completa. El tiempo fue tu juez y lo será de todos. Quiero ser famoso para que un fan me dispare. Qué poético. ¿Y quién no quiere ser poesía, saberse poesía, sentirse poesía? Nunca tenemos lo que queremos. Nunca. Todo queda solapado por necesidades nuevas. Es nuestra alma insaciable llena de voracidad. Y lo peor, que todos queremos que todos sean como nosotros. Nacimos imitando y morimos queriendo que nos imiten. Nena, ni tu ni yo buscamos lo mismo. Cómo verás no podía pensar más que en meterme en alguna calurosa vagina, por la antigua necesidad de sentirse hombre, aunque nunca he conocido a ninguno. Apuraba el vino, mi vino, delante de mi portátil; y escribía, porque era la única forma que tenía de gritarme en silencio, de olvidar recordando, de ser sobrio y ebrio a la vez. Al ver el fondo del vaso, acudió a mi mente turbada un recuerdo del pasado en el que caminaba a una iglesia. La iglesia Madrileña donde comulgué por primera vez.
Mi querido abuelo, como siempre, me llevaba hasta la larga puerta roja y metálica del recinto. La casa de Dios ocupaba por lo menos una manzana. Tras atravesar la verja principal se abría ante mí un microcosmos donde reinaba un tal Jesús. Lo primero en aparecer era una pequeña zona donde aparcaban sus coches los curas y demás personal de servicio. Recuerdo que había dos caminos para llegar al interior de la capilla. Por la derecha, el más directo, iba pegado a los setos que limitaban el área y desembocaba en una gran puerta de madera de roble. Por el lado izquierdo se desplegaba un pequeño parque por donde paseaban algunas monjas vestidas de blanco puro que empujaban a los viejos en sillas de ruedas. Además de iglesia, el recinto era una sala de espera, un matadero. ¿Qué hacer con los ancianos si no dejarlos morir? Su tiempo ya paso, mejor dejarles una vejez digna. Digna desde el punto de vista de un niño. Con juegos, con pañales, con condescendencia.
Mi querido abuelo, el último de esos hombres que vieron con sus pupilas la profundidad de la crueldad humana, con su piel oscura, el recio bigote plateado, la coronilla franciscana y su piel cediendo a la gravedad, aparecía ante mí como un hombre recto y respetable a pesar de su estatura y su complexión rechoncha. Siempre elegante e inteligente, soportaba la vida con más temple que cualquier escritorucho marica y llorón que no soporta los achuches de la soledad ni su música. En sus manos me sentía seguro, protegido, odiaba que me dejase en aquel lugar frío y vacío donde colgaban a personas muertas de las paredes.
«Entra, tengo que hacer.» Y mi brazo cayó. Vi a mi abuelo doblar la esquina. Entonces, allí me encontraba, solo, a los diez años desde que empecé a contar, llamando a las puertas del cielo, pero nadie abría. Esperé, pero solo me entraron ganas de cagar, así que empuje la puerta y entré.
Dios y yo, yo y Dios. La puerta hizo un pequeño eco que llegó hasta el despacho del padre Francisco. Él se asomó vestido de paisano, con pantalones de pana azabache, un jersey marrón y una chaqueta de color granate. El hombre me miraba a través de unas gafas cuadradas y de sus ojos azules. El rostro fino pero gastado dibujaba una larga sonrisa debajo del hondo bigote castaño.
― Dani, aún es pronto, faltan como veinte minutos, ¿por qué no esperas por aquí mientras voy a ocuparme de un asunto?― Me dijo mientras rebuscaba en sus bolsillos.
― Claro.― Dije. Él volvió a sonreír y sacó de la chaqueta un mechero.
― No tardará en llegar la profesora, yo vuelvo en seguida.― Y salió por la puerta por donde yo había entrado.
No me moví durante unos instantes. Había avanzando por medio de la amplia sala cubierta de ladrillo visto y la multitud de sus bancos de color carmelita dispuestos en paralelo. Me situé donde se supone que empieza el desfile una novia toda pura y de blanco dispuesta a abrazar una única polla en su vida, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte los separe―Mamén―. A mis espaldas estaba la gran puerta principal solo abierta en ocasiones especiales como un bautizo o un funeral. Me fascina la religión cristiana. Todo porque se le resbaló un bastardo a María por el útero. Le metería un dedo, o dos o tres en esa vagina sacramental rebosante de vello púbico. Veía casi cara a cara el cuerpo frío e inerte colgado de la cruz. Me acerqué más para verlo de cerca. Ahora podía, era mi ocasión, nadie miraba, solo él, todos rendían culto a semejante figura: sangrienta, tiesa, triste. Si yo me sacrificase por la humanidad me iría gritando y cagándome en la puta madre de fulano de tal; los cerdos, seguramente, me colgarían de las paredes con una amplia sonrisa pero mis dedos corazón, rígidos como mi badajo, serían símbolos de la Iglesia de Nuestra Señora de me Importa una Mierda lo que Hagáis con Vuestras Vida. El preeminente poder de los símbolos, decidí que los símbolos eran poderosos, decidí que quería usarlos también.
En ese momento me encontraba subiendo al inaccesible altar como hipnotizado, lugar sagrado e inmaculado donde hallábamos la magia divina. Miré de cerca la gran mesa de mármol vestida de telas blancas y velas junto al leccionario y al misal. Detrás se alzaba el Señor tan divino y definido. Justo debajo, apareció una gran caja dorada llena de ornamentos, el ostensorio. Miré al altar, vi una llave al lado de un pañuelo estrictamente doblado. La cogí y sin saber porqué, la metí en la cerradura para abrir la gran caja dorada. Encontré unas cuantas ostias en su debido copón junto al cáliz y las vinajeras. Dentro había sangre, yo había oído que era sangre. La sangre de alguien que dio la vida por nosotros, alguien que nos salvó de nosotros mismos. No entendí cómo, ya que ni siquiera era esa deliciosa sangre menstrual que brota a borbotones del interior de una buena mujer.
Miré atrás, por si acaso, había visto al cura hacerlo muchas veces delante de mí. Pero no había tiempo para rituales. Le quite el tapón y la olí. La maldita apestaba, aparté mi nariz con rapidez. Volví a mirar la botella. La sangre de un héroe me esperaba entre cristales. No lo pensé, solamente la posé sobre mis labios y el líquido huyó despavorido de sus confines vidriosos hacía mi garganta.
Me atraganté, tosí y escupí. Era asqueroso. Sangre de mierda. Fue cuando escuché a alguien reír. Saqué rápidamente un pañuelo del bolsillo y  sequé el suelo todo lo que pude.
― ¡Eh! ¿Qué haces ahí? ― Gritó alguien.
―Me he tropezado.― Dije. Me incorporé y vi mi amigo John. Sólo estaba él. Me sacaba unos centímetros y era más delgado que yo. ― Hola John, me he tropezado.
― ¡Qué tonto eres! Yo nunca me tropiezo. Hm…huele un poco raro ¿no?
―Sí, yo también lo huelo. ¿Qué puede ser?
― No lo sé, tampoco me importa. ― Dijo sentándose en primera fila.
John me guiño un ojo y me señalo un sitio al lado suyo.
― ¿Has follado ya Dani?― Me preguntó al sentarme a su lado.
― ¿Yo? No, aún no. ¿Y tú?― Contesté.
No, no había follado, ni siquiera estaba del todo seguro que significaban aquellas palabras. Él había llegado de Perú después de un año y pico allí. Tenía el pelo a lo tazón, nariz pequeña, barbilla pronunciada. Vestía de marrón caqui, con una chaqueta gruesa y a rallas que le cubría un polo azulado. Su pantalón vaquero terminaba en unas zapatillas blancas.
― Yo sí. En Perú. Si no follas no eres un hombre, ¿lo sabías?― Me miraba con sus negros ojos provocativos. Me reflejaba en ellos. Me veía midiendo un metro cincuenta, con una chompa hecha por mi madre y los ojos achinados. El jersey era negro y de lana. Mi pelo también negro era largo y formaba una pequeña melena. Mis vaqueros tenían un parche en cada rodilla y mis zapatillas azules de futbol sala necesitaban pegamento. ― Tienes que follar Dani. Yo te puedo ayudar si quieres. Mi primo dice que si no follas no eres nadie. Y es verdad, una vez follas, ya nada es igual.― Dijo John. En ese momento entraron en la iglesia la profesora Pilar y el resto de alumnos de la catequesis.
Nos mandó sentarnos en el banco de siempre, es decir, en los dos primeros bancos de la fila de la derecha. Eso hicimos, pero dentro de mí había algo que no podía controlar. El vino de Dios me hacía retortijones en mi estómago. Decidí ignorarlo. Intenté centrarme en la lectura del nuevo testamento:
« Jesús les dio un nuevo mandamiento:
-Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»
Pero yo no podía dejar de pensar en hacerme un hombre, en follar con una mujer. En realidad, me atraía más la idea de ser un hombre que en intimar con una mujer o lo que sea que significase. Siempre te llaman hombre o hombrecito, o te dicen aquello de “cuando crezcas…”. Me moría por crecer, pero únicamente para dictar yo las normas. Mis normas. Ellos siempre dictan normas. Normas del no hacer. No hagas esto, no hagas lo otro. Sólo quería desaparecer entre los recovecos. No ver, no escuchar, no oír ni sentir ni oler. Yo y mi yo. Ser poya e intentar follar.
Mientras la catequista nos explicaba la nueva lectura, mi estómago rugió a la vez que manché los calzoncillos de algodón que llevaba puestos. No pude evitarlo, yo apretaba con todas mis fuerzas pero era imposible de retener. Poco a poco fue fluyendo la mierda al exterior. Según salía quedaba aplastada por el pantalón, la piel y el banco color carmelita. Intente disimularlo por un tiempo, pero al final no quedaba más que rozadura y olor seco que la profesora recibió en sus napias de rigurosa moral católica.
― Aquí huele un poco raro, ¿ha sido alguno de vosotros? ¡Qué sepáis que tirarse gases en la iglesia es pecado mortal!
Esboce una sonrisa. Me había cagado. Notaba la caca reseca entre mis nalgas.
A la mierda mi mundo de bienaventuranzas, de buenas acciones, de recta ética. A la mierda. Billete de ida hacia el infierno.

Todos nos reímos. La palabra gas era terriblemente divertida. Si usted supiera Doña Pilar que en su querida iglesia Nuestra Señora de la Palabra surgió súbitamente, un dulce excremento color chocolate. Un chico se río y le eché la culpa de la cagada. Me cambiaron de sitio por él y ahora el olor procedía de donde estaba sentado. La trama estaba hecha. Muy pronto me convertí en un renglón torcido de Dios. Aún era pronto para que la idea del escritor cogiese forma en mí cabeza. Pero ese día comprendí tres cosas: una, el vino, a pesar de todo, vale la pena; dos, los símbolos son guía y camino; tres, cagarse es bueno.