‒ ¡Ruido, ruido, maldito y grotesco ruido!‒Y estalló una tormenta en mi conciencia.
Ahogada, muerta, aún se arrastra buscando calor. El frío erosiona, la soledad seca lesiona y al fin, cegada por el brillo de los sueños no alcanzados perece en silencio. Sin funerales, sin ostentosas ceremonias, sin una lágrima derramada por ella. Solo la bendita expresión de su sonrisa herida aún se manifiesta desde los albores de su final. Es la eterna condena de la impotencia, que implacable desgasta y en el peor momento te propina el golpe de gracia mientras irónica, te devuelve la sonrisa.