jueves, 17 de febrero de 2011

III


Un poco de soul con algo de whisky suele ser un buen analgésico. La fuerza que emana la voz de Janis Joplin consigue siempre arrancarme una sonrisa irónica y el fuerte sabor del roble me mantiene con los pies en la tierra.

Sueños felices me atormentaban de sol a sol ya que mi trabajo apenas me permitía ver el cielo de día. Era un proceso simple: a las once en punto recibía un mensaje al móvil con una dirección, una hora y una matrícula (la hora solía rondar entre la una y las 2 de la mañana). Tan solo tenía que localizar el coche, abrir la guantera donde siempre había un mapa de carreteras con un itinerario, cada vez diferente, y conducir hasta él. Dependiendo del destino, tenía un límite de tiempo que cumplir. Una vez cumplido el plazo, recibía otro mensaje con los mismos datos citados anteriormente. Recogía el otro vehículo y conducía hasta Madrid. Mi trabajo consistía básicamente en no hacer preguntas y cumplir mis horarios. Nunca sabía lo que había en el maletero, pero es fácil especular al respecto.

En alguno de los viajes de vuelta, podía ver el amanecer en su total intensidad, a través de las carreteras secundarias de la meseta. Es un espectáculo digno de dioses ver nacer el sol. Es similar a una sonata. Los primeros rayos que el astro rey nos ofrece es otro de los pasatiempos que la naturaleza nos brinda, tan altruista ella.