miércoles, 26 de enero de 2011

II


Taciturno, contemplaba a través a de la ventana, este pequeño hormiguero lleno de inmundicia. Lo que más me repateaba, es que yo formaba parte de él, colaboraba en su miedo, y en su asco. Realmente necesitaba esta ciudad como yo a ella, o como cada uno de los cientos o miles, que de manera similar a la mía, se sentían ajenos y resentidos con el sistema. Este odio nace con el desengaño amoroso que produce la propia vida al fallarnos, al no darnos lo que le pedimos.

Una herida aparece; algunos consiguen superarlo, otros - éste es mi caso – por el contrario, no consiguen cerrar con éxito dicha cicatriz. Entonces, si la culpa no es de ellos ni nuestra, la trágica realidad tampoco la tiene, sólo queda un organismo responsable al que poder nutrir con todas nuestras frustraciones.

En el fondo sabía que era problema mío. No puedo culpar a nadie, eso lo hacen los niños cuando no quieren admitir la responsabilidad de sus actos. Vivía en el piso trece, en un pequeño barrio de la periferia de Madrid y en los últimos años me aislé totalmente del resto del mundo. Según empezaba a madurar mi intelecto, comencé a sentirme diferente del resto de mis coetáneos. Las relaciones sociales no me interesaban, ni siquiera ese afán empedernido de encontrar a la pareja ideal. Ya no al menos. Vivía, por decirlo así, entre mis libros, restos de alcohol, y una profunda melancolía por no poder mantenerme entre ellos. Así es, en contra del rechazo que sentía hacia mis semejantes, en el fondo los necesitaba. Maldito círculo vicioso. Los amaba por su asombrosa pasión, pero a la vez los odiaba por su negligencia. Y el miedo a convertirme en uno de ellos me abrumaba y me hacía volcarme más y más en mí mismo.

I

Para Adrián Braojos, por animarme a desarrollar esta droga tan dura.Una vez más, por el folio en blanco amigo.
 
¿Qué es lo que radica en lo más profundo de nuestro ser, aquello que nace en la oscuridad de un corazón herido, partido en ínfimos cachitos, tras sufrir un golpe mortal?
Nos abrieron los ojos, y la terrible luz del sol en el crepúsculo, a muchos asusta, y deciden vagar por valles sombríos, sin esperanza. A otros por el contrario, decididos, valientes, algo vehementes, algo locos, se enfrentan a esa luz y la combaten. Está es guerrera noble, y les recompensa con sabiduría y amor. Sin embargo, no tenemos suficiente con ello pues somos combativos, violentos, y siempre queremos más; desafiamos nuestra condición y caemos en la trampa del progreso. Sucumbimos al inconformismo y destruimos todo lo que esa luz nos dio. Entonces cae la noche.
El orgullo se encarga de darle esperanza a los sentimientos más heridos, y de tenderle una mano a la desesperanza. Nuestro instinto nos obliga a sobrevivir atravesando la oscuridad y sus encantos poco a poco nublan nuestro juicio. El objetivo se convierte entonces, en causa y efecto. Pero el placer es una simple gota de agua, y así nunca se calma la sed del alma…

lunes, 3 de enero de 2011

Hasta que nuestro planeta se haga trizas.

"Querer es esencialmente sufrir y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuánto más elevado es el ser, más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir... Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas."
Arthur Schopenhauer