Taciturno, contemplaba a través a de la ventana, este pequeño hormiguero lleno de inmundicia. Lo que más me repateaba, es que yo formaba parte de él, colaboraba en su miedo, y en su asco. Realmente necesitaba esta ciudad como yo a ella, o como cada uno de los cientos o miles, que de manera similar a la mía, se sentían ajenos y resentidos con el sistema. Este odio nace con el desengaño amoroso que produce la propia vida al fallarnos, al no darnos lo que le pedimos.
Una herida aparece; algunos consiguen superarlo, otros - éste es mi caso – por el contrario, no consiguen cerrar con éxito dicha cicatriz. Entonces, si la culpa no es de ellos ni nuestra, la trágica realidad tampoco la tiene, sólo queda un organismo responsable al que poder nutrir con todas nuestras frustraciones.
En el fondo sabía que era problema mío. No puedo culpar a nadie, eso lo hacen los niños cuando no quieren admitir la responsabilidad de sus actos. Vivía en el piso trece, en un pequeño barrio de la periferia de Madrid y en los últimos años me aislé totalmente del resto del mundo. Según empezaba a madurar mi intelecto, comencé a sentirme diferente del resto de mis coetáneos. Las relaciones sociales no me interesaban, ni siquiera ese afán empedernido de encontrar a la pareja ideal. Ya no al menos. Vivía, por decirlo así, entre mis libros, restos de alcohol, y una profunda melancolía por no poder mantenerme entre ellos. Así es, en contra del rechazo que sentía hacia mis semejantes, en el fondo los necesitaba. Maldito círculo vicioso. Los amaba por su asombrosa pasión, pero a la vez los odiaba por su negligencia. Y el miedo a convertirme en uno de ellos me abrumaba y me hacía volcarme más y más en mí mismo.