«Muévete.» El consejo de un sabio amigo que me dio uno de esos días en los que hace demasiado calor para estar en casa o demasiado frío para beber solo cerveza. Cuando quieres algo de verdad se convierte en algo demasiado fácil, o demasiado difícil.
Me explico. Una alteración del organismo, llamémosla polidipsia imaginaria crónica, nos indujo, como suelen decir los economistas, a la ambición de satisfacer una necesidad. Cuando febrero nos regalaba pasajeramente un poco de luz, me puse mi North Face y decidido junto a mi escudero, entramos en el primer centro comercial que se nos presentó.
Directos al pasillo de los licores.
Mi padre una vez me dijo: «Hijo, nunca te dejes la plata en esos rones baratos, ¡bebe whisky!» Dicho y hecho Papa. Como éramos dos, pues dos botellas, al fondo del hondo forro polar.
Con aire distraído y como si sonase “What’d I say” a lo banda sonora original, avanzamos satisfechos por la salida sin compra. Segundos antes de que una mano morcillona, llena de pelos, me agarrase del hombro, escuche un susurro: «Muévete». Me giré, vi sus ojos pegados en mí, su cabeza rapada y su expresión rojiza denotando ira. No me hizo falta más. Corrí y corrí como un cobarde. Seguí los pies de mi compañero de hurto hasta que ambos esbozamos una sonrisa.
‒ ¿Y las botellas?‒ Me dijo en tono fatigado.
‒Aquí‒ Le mostré nuestro botín.
Como veis a veces es tan fácil como ser un niño, sin pensar, cogerlo y comerlo. Otras por el contrario, la cosa se complica, y la picardía a veces llega a ser hasta molesta.
Cierto día, jugando al básquet con amigos, ganamos treinta y dos a cincuenta y cuatro. Regresaba al coche fumándome el cigarrito de la victoria que tan corto se hace. Apurando dicho cilindro de papel, escuché la alarma de mi Volkswagen rebotando por las esquinas del parking. Fui corriendo hasta él y vi como un desconocido conseguía arrancarlo. Lo sacó de su hueco rápidamente y lo dirigió hacia mí. El coche embalado se enfrentaba cara a cara conmigo y me asombré. ¡Mi viejo amigo, mi antiguo compañero de aventuras, con el que tanto whisky he bebido! Estaba cambiado, los años pasan factura sobretodo viviendo al límite. Aún pude ver en sus ojos un atisbo de mi juventud.
Por última vez me dijeron: «Muévete».
Así lo hice. Me aparté de su trayectoria como pude. Al caer me golpeé la cabeza contra una columna y quedé inconsciente. Desperté a las pocas horas en el hospital. Un médico me miraba con la cara con la que te miran los médicos cuando no tienes nada. Tan solo un leve chichón. A su lado un agente de policía hacía como que entendía el cuadro clínico. Al verme abrir los parpados, me preguntó:
‒ ¿Se encuentra bien? ¿Puede hablar con normalidad?‒ Asentí.‒ Lamento informarle que su coche ha quedado destrozado. Lo encontramos empotrado contra las paredes de un túnel de la M-30, en uno de sus puntos de acceso.
Semejante noticia me sobrecogió.
‒ ¿La persona que conducía?‒
‒Fallecida, iba ebria.‒
Pobre diablo, no paraba de moverse y no supo parar a tiempo. Eligió vivir en vez de sobrevivir.
¿Tú qué harías?, la decisión es tuya, pero ten cuidado…, si tardas demasiado en pensártelo puedes acabar atropellado.