El timbre sonó. No tardó más de un minuto en abrirme la puerta y allí estaba ella. Sensual, provocadora y a la vez sencilla con una pizca de inocencia. La casa era como la recordaba: pequeña pero espaciosa, con su maniático orden. Igual que la vieja casa de mis abuelos, todo en su sitio con una precisión exagerada. Recuerdo que follar rompiendo esa pulcritud era excitante.
‒ ¿Quieres tomar algo?‒ El tono de voz era suave a pesar de su nerviosismo.
‒ Lo que me sirvas.‒ Me miró y no se movió, mantuve la mirada un tiempo mientras nos acercábamos, despacio. Finalmente, la besé, primero un beso corto, después uno largo. Poco a poco se incendiaba algo dentro de nosotros. Le agarre de la cintura y la traje hacia mí. Mientras tocaba sus piernas, ella me quitaba la chaqueta. Nos acercamos lentamente hacia su cuarto. Al entrar, paseaba mis labios por su cuello, entonces, cayeron sus tirantes. El vestido azul no tardó en salir, ya la tenía en ropa interior. La giré contra la puerta y el sujetador resbalo hasta el suelo. Con una mano masajeaba su teta derecha mientras con la otra le metía los dedos en la boca. Siendo mi cómplice me los lamía de abajo arriba.
‒ ¿Recuerdas cuándo lo hacíamos contra la pared de tu cuarto con tu padre rondando por ahí?‒ Le susurré. Ella asintió con un gemido. Poco a poco, mi lengua rociaba su espalda con saliva para después recibir un soplido fresco. Se volvió a girar, me quitó la camiseta, y se puso en cuclillas. La miré directamente a los ojos, colocó las manos en mi bragueta y comenzó a desabrocharla. Su mirada era lasciva e intensa, tenía pues mi pene dentro de su boca al caer los pantalones al suelo. Despacito comenzó a rodearlo con la lengua y después, una y otra vez, comenzó a masturbarme con mi glande entre sus labios. Tras varios minutos la levante y la volví a poner de cara a la puerta. El culot no tardo en venirse abajo. Nuestras manos se apretaban la una contra la otra cuando comenzó la penetración. Con su mano libre se estimulaba el clítoris a la vez que la empujaba contra la puerta. Estaba dentro de ella y ella dentro de mí. Su cadera se sacudía, sus piernas se contraían y ella suspiraba. Yo jadeaba. Mientras sus exuberantes senos botaban, me cuidaba de acariciarle los pezones con las yemas de los dedos. El pelo moreno, recogido en una coleta me rozaba la cara. Su sudor y el mío se mezclaban mientras bajaba por su espalda y mi pecho. No tardó el suelo en llenarse con algo más que sudor. Tras varios minutos exhalo el último grito encogido. La habitación tembló. Entonces la solté, ella me empujo sobre la cama y se dispuso a horcajadas sobre mí. Saltó y saltó hasta que no pudo más, y mientras me acariciaba y me besaba no paraba. Cuando no pudo más los gritos se volvieron más mudos, volvió a bajar y de nuevo comenzó su exhibición de sexo oral. Me masajeaba, me lamía, succionaba y yo seguía caliente, como su mirada. Se ayudaba con las tetas y a mí eso me excitaba. Mi eyaculación la amortiguo ella misma sin sacársela de la boca. Yo me salí de mi mismo, ella escupía mis fluidos.
Después, saco de la mesita de noche una botella de Boca Chica, la abrió y sin más preámbulo bebió, me cedió la botella y la imité.
‒ Vístete. Tu padre llegará de un momento a otro.