Los ojos cansados y el
corazón ardiendo, Madrid estalla en mil canciones tristes. Mientras tanto me
encuentro rezándole a un santo infiel en la iglesia donde emana la dorada a
borbotones. Allí paso las horas, mirando el fondo del vaso mientras navego
hacia la adolescencia reconstruida. Solo recuerdo el sexo. Recuerdo humedades
rozándose sin razón. Siluetas mezclándose entre tenues destellos blancos.
Sonrío. Pago al pastor y me deslizo por la puerta a la lluviosa ciudad sin ley.
No llevo paraguas. Las gotas acechan la acera por la que camino en dirección a
ninguna parte. Miro el móvil. Son las doce en punto y aún no he tocado techo. Tarareo
“You can’t always get what you want”. Pateo un balón sin querer, parece que vuelvo a los
seis años. Camino jugando con el balón bajo el cielo gris. Alguien me habla:
«¡Pásame el balón!». Hago caso omiso. «¡He panchito pásame el balón!». Me paro
en seco. Le paso el balón. Observo sus ojos. Está temblando por dentro, es
débil. Sigo mi camino y rescato una chusta de la cajita del tabaco. Enciendo la
hierba y me dirijo hacia mi hogar. Mi familia duerme tranquila pensando que
mañana me levantaré a trabajar otra vez. Solo las batallas justas tienen
mérito. El día a día no tiene escapatoria mientras Madrid estalla en mil
canciones tristes y yo, mientras, con los ojos cansados y el corazón ardiendo.
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