lunes, 18 de octubre de 2010

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Si todo hubiese sido una pesadilla, estaría más tranquilo, pero sabía que no. Últimamente todas las mañanas se hacían rutinarias. Despertaba como si acabase de pasarme por encima un desfile militar. La cabeza me daba vueltas y me costaba un rato acabar de fijar la vista en el techo. Las primeras visiones de mi cuarto me turbaban el ánimo. Con el tiempo dejé de impresionarme por estos detalles. Me acabó gustando despertar así. Observando el contraste del blanco de las paredes con las manchas de lo que definiría como alcohol, pero no estoy seguro. Una tele encendida, un DVD, el portátil...Lo que más me gustaba de todo este basurero era el balcón. Generalmente lo tenía abierto (disfrutaba viendo ondear las cortinas), me relajaba. Botellas, libros y apuntes, bolígrafos, restos de latas, comida, preservativos...

Esporádicamente descubría un intento de persona acurrucada al lado mío. No sé en qué momento dejé de buscar mujeres, mujeres de verdad. En los últimos años me acabé conformando con cualquier rostro bonito, o con cualquier experiencia vacía de espíritu, pero llena de realidades alternativas...

Sí, esto era por culpa de las drogas, perdición y salvación de almas errantes y agonizantes. Mentes aplastadas por un sistema de vida que envenena hasta los ídolos más íntegros, el cual, ignora por completo la unidad y el valor de la propia persona.

Aprovecho los breves momentos después de despertarme para recolocar en mi cabeza las piezas de la noche anterior. Lo hago mientras apuro el último cigarrillo del paquete. Como he dicho, esto es pura rutina, hace tiempo que dejé de preocuparme por mis desvaríos nocturnos. O los paso durmiendo y soñando, o los paso despierto y teniendo pesadillas.

Algo de esto me decía mi compañero de piso hace poco, Diego. La persona más crítica que conozco.....

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